Esteban
Fue como un nacimiento. Me desperté llorando con una aguja punzante en el pecho. Cogí aire como cayendo al mar y el oxígeno me abrasó los pulmones. Levanté el torso y traté de abrir mis ojos escondidos detrás de mis párpados ansiosos. Camilo no estaba a mi lado. Las visitas de ayer se rebobinaron en mi memoria a una rapidez casi tan frenética como la del ruido de coches que había en este luminoso hostal. La claridad se confudía con la pesadilla en la que seguía inmerso. Al cabo de un minuto recordé. El día anterior… la noche anterior fue tan… Yo seguía jadeando pensando que no me bastaría con el aire de la habitación donde padecía sin testigos. La ventana estaba abierta y la corriente atravesaba la litera empapada en sudor caliente. Hacía calor seco y el aire me comenzaba a secar la garganta. Camilo… Camilo estuvo toda la noche evadiéndome. Volví a rememorar la velada pero me daba cuenta de que tenía muchas lagunas. Me quedé unos minutos más cogiendo aire ya calmándome antes de ir a la ducha de ese espacio que ya no era cordial hacia mí.
Camilo
Esteban suele tener terrores nocturnos, pesadillas, despertarse a medianoche y piensa que yo no suelo darme cuenta. Realmente es un chico egoísta y dramático, hace meses que no soporto sus miedos, que cargo con su compañía en vez de divertirme con chicos jóvenes, más jóvenes que él. Se ha vuelto un chico gordo y aburrido, la verdad es que las dudas y las ganas de otros cuerpos llegaron pronto para mí desde que empezamos a estar juntos. Supongo que se acabará dando cuenta. Pero mientras tanto… su dinero es mío y nuestros viajes los paga él. A gusto.
Esteban
Después de la ducha fría bajé a la cafetería del hostal y me pedí el batido Detox. Miré el reloj, ocho horas y veinte de la tarde. Estaba mal la hora. En Mérida, Yucatán eran unas cuantas horas menos, eran las catorce. Aún sin señales de vida de Camilo. Camilo tiene la belleza fresca del día que lo conocí en Salinetas. Tenía pelo rubio surfero y la mirada jovial de las personas deportistas. Sus iris estriados, dos diamantes ámbar bajo el resplandor de la playa me sedujeron y a él le atrajo mi experiencia, mis anécdotas, mi trabajo intelectual. Eso fue hace ya tres años, en mayo de 2010… No tiene sentido que…
Regresé de los recuerdos y mi taquicardia, el temblor de mis manos volvieron. La nube negra en la frente apareció de nuevo.
Dejé caer una única gota gorda de mis ojos. Saqué mi móvil. La gota era ancha como una foca enroscada a sí misma, sola. Fui directo a la app de vueling.
Un vuelo individual de regreso a Tenerife Sur para hoy las 10h30 pm. Reservado. Vuelo del jueves para dos pasajeros… anulado.
Llegué al aeropuerto algo cansado pero con la calma de mi resolución por encima de todo el torbellino de desamor por venir. Todo el desamor que aún estaba por venir, y ya me pesaba… A lo largo del vuelo escribí en las notas de mi móvil una especie de conclusión centrada en mí de lo que es perder amigos o, a los amigos con otro tipo de afecto, a los que llamamos novios. El desamor me estaba comezando con bastante amor propio y un echar la mirada a mi vida pasada:
“Romper una estela errada, borrar tus huellas, tirar fotos. Acabar con una amistad a veces es lo más sano que puedes hacer. Nosotros sin embargo, las personas velero, quienes no hemos tenido amistades fijas duraderas o con vidas poco estándar sabemos bien que con cada muerte de una amistad, se desgrana y cae un trozo de nosotros y de nuestro pasado que ahora es pisado dos veces. La primera porque desaparece de lo sensorial como nuestro rastro temporal, y la segunda pisada, la nueva, porque los recuerdos que compartimos con la amistad perdida también los acabamos relegando.
Doble olvido. Doble muerte porque lo que fuimos y reímos, ahora nos remueve pero no daña.”