Al existir el tren que no flaqueo,
-filo certero de los dioses que santifican-,
el aire gris que mi cráneo hospeda
se esparce cae y se desprende en aguaceros,
y riadas. Así, con voz leve, borra los días
de brasas leves de los dioses que acechan.
El remedio gaseoso de mis pesadillas,
de este mundo proviene,
Así, mantengo separada la noche,
mi profundo subconsciente ancestral.
De niño deliraba en Tashelhit o Ékanar,
y con razón. Sangré por la boca cuando
abracé el día y mi parte de las divinidades.