Al existir el tren que no flaquea,
-filo certero de los dioses que sang-tifican-,
el aire gris que mi cráneo hospeda
se esparce, se enturbia y se desprende en aguaceros,
en riadas. Así, con voz leve, la pluvia borra los días
de las brasas leves de los dioses que nos acechan.
El remedio húmedo de mis pesadillas,
de este mundo sí provenía,
Así, mantengo separado el acecho,
los terrores, las euforias,
las asfixias y la mala noche.
Jugando, de niño deliraba en Tashelhit o Ékanar,
y con razón grité “¡¡PERRO!!”
al mago expropiado de su cultura.
Sangré por la boca e intestinos cuando abracé
mi parte de las divinidades y de mis
ancestros.
Publicado por Alberto con V
Escritor de relato radicado en Gran Canaria. Amante del mar y de las pluvias que enriquecen y dan verdor.
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