Empiezo a escribir ya, coño, que sino se me van a salir las ideas por la rendija entre los ojos y párpados como cuando te suenas demasiado fuerte y tienes mos mocos demasiado secos coño…. Pueno, eso, a escribirla de una vez a esta fantasmita :
«Rascándome las certezas al caer el día. Me rasco detrás del cráneo, por encima de la nuca. Me saco una y otra vez sangre casposa como crema seca del cuero cabelludo. No puedo evitar rascarme entera y desbaratarme angustiada el pelo. Se me caen los primeros cabellos, lacios y débiles cuando no he abierto el grifo de la ducha… Ya estoy en mi mente y mi cuerpo calla, latente, con la boca cerrada. Sigo con las manos, desbaratándome mis certezas, mis pelos, la piel, la expresión de la cara y desparejándome las cejas…
Me siento en cuclillas y abro la corriente del teléfono de la ducha que estaba colocado en lo alto del muro severo y gris. Una calma engañosa, sofocada, la caída de agua y el peso del futuro se ciernen sobre mi nuca inclinada hacia el sumidero. Mi piel, mi pelo, las fontanelas de mi cráneo y la sangre que soy se liberan al poder caliente, filtrante del chorro a presión. Se desvanecen las ideas de ser alguien ante los demás, de escalar en la vida, de dejar atrás el error y la idiotez mejorando entre las experiencias. Me veo agrietada, drenada, desmembrada por la potencia implacable, mundana del chorro de la ducha.
Siento que me voy a repartir entre un sistema nervioso que soltará todo: su fe, su concepto y su finalidad… acabará perdiendo la tierra –carne– de sus raíces… al cabo de cuatro minutos pierdo todos mis pelos y mi piel del cráneo se está pelando. Ya he parado de aguantar la respiración. Lloro recogiendo mis cabellos del filtro del sumidero. Estoy sollozando, gritando hacia adentro. Tengo la mirada blanca y los ojos comienzan a inflarse. Me escarda el chorro con punzadas en la nuca hombros y cráneo pero no hago nada… ¡Oh! el temor siempre tan presente… Debí erguirme pero me horroriza la certeza de que me dará en los ojos dejándome ciega por unos minutos, perderé el equilibrio y me golpearé en seco con la bañera húmeda, que ya comienza a olerme a fregadero recién restregado, a mi boca cuando me muerdo, a la verja enrojecida de maresía del colegio. Debí erguirme pero no puedo, no. Mi piel ya está sangrando y se ha desescamado mi cuero craneal soltando agua grasienta de caspas blanquecinas que tiñen el sumidero, a la vez que flotan los trozos más sólidos.
Comprendo el momento y me entrego a mi final. Aprieto fuerte los ojos porque el dolor es abominable y me estremece notar el choque del agua hirviendo directamente sobre mis huesos. La tensión me baja y siento cómo escupo sangre, soy un conducto para que mis órganos, fluidos y huesos se liberen de mí. Comienzo a vomitar bilis. Siento el agua atravesándome el cuello a ambos lados de la nuez y las fontanelas me duelen, se ensanchan. El plato de ducha escuece como una sartén y del baño salen brumas de alambre. La sangre se desparrama durante más de cuarenta minutos. Bolas de distintos colores y morfología van desvelándose, esculpiéndose sobre la carne prima, sobre el mármol de mi cuerpo… Un sistema óseo armonioso que va vaciando su nido… Al cabo de una hora y quince, mi corazón queda al descubierto: es como una ciruela pasa, siempre fui tan pálida. De la bomba de sangre solo queda la cáscara, el tejido incansable sigue dando espasmos entre el hígado, mis manos cruzadas, el nido hueco de mi tórax, y mis piernas irónicamente enteras. Piernas cubiertas de salpicones de sangre, aún en cuclillas en la humedad oxidada de mi muerte. Mis piernas están como arrodilladas, honrando a lo que fue mi cráneo, restos de mis sesos y mi despavorido rostro ocultándose sobre el suelo de la ducha.
Lo que fui se desvaneció con este horror debido a la culpa, a pesar de la expectativa de la ducha. Sin embargo, mi mente siempre ronda encarcelada estos pasillos y cuartos desangelados… que ya no me pertenecen.»
- JO, Josephine, ya te moriste. ¿Te lo escribí bn?
- para ganarte un pullizer, mi hijito. Enhorabuena, se me salieron los ojos de la emoción… Me dijo ella melancólicamente poniendo la mano sobre mi hombro izquierdo el que tengo dislocadito.