Prueba de voz del personaje «Boquiflojo»

Esta noche de verano quiero que sea fea. Quiero la música estallándome los oídos hasta las 4h o 5h 30 am y chupar de todos los demonios de la casa y debatir con los de mi cabeza. Los de la casa son vuestros muertos. Los de mi cabeza son cada uno de mis miedos, bueno no estén tan confiados de lo que les estoy compartiendo… Uff !! Doy demasiada info y aquí muchos ya saben de mi problema con la malicia. ¡Boquiflojo!

El edificio donde vivo lo dibujé en blanco y negro cuando lloraba y reía en la cour de récré como si esas arañas y patios me fuesen a definir hasta la última de mis noches… Qué ilusiones tienen los mocosos… El mío es un edificio blanco, en fin… ahora marroncito caqui con las obras. Este edificio que acumula vuestros demonios. Cada noche de verano el calor rezuma de los cimientos, que estas semanas ya están a mitad desenterrados. La noche de este pueblo es libre pero dentro de nuestros cubículos, la energía de vuestras faldas sube desde los cimientos para crear infiernos de bochorno cabezoides.

De pequeño yo solía ser un gran dibujante minucioso. Imaginaba islas, continentes, países, las curvas de nivel mostraban los espacios y me calmaban la rabia de tener la que convivir con los espantapájaros de aquel entonces. Vivía en una casa aislada en aquellas montañas peladas, detrás de los muros de un jardín árido, y en el recodo oscuro del piso segundo donde los cuadros tétricos de mi madre; ahí en la esquina extrema dormía yo.

Me despido de estos muros, de mi gata y de mis demonios y los vuestros, y de la señora muerta de la ducha que vive entre el espejo de frente a la puerta de la ducha y al costado del helecho que es sagrado como sagrados somos todos hasta que abrimos el pico.

Salgo a estas calles sucias y descosidas, donde los árboles supuran telas blancas del pulgón. Soy un anónimo y eso me gusta. No tengo mucho que decirle a estos niños, adolescentes, treinteañeros y demás ancianos prematuros o no tan prematuros. Soy una astilla sobrante entre este óxido que nada, ninguna palabra mía podrá… desabrochar.

Orín. Al parecer en esta angosta y odiosa lengua que hablo se llama orín. La textura, el color más bello que hay, tienen los santos cojones de llamarlo meado. Es que así no se puede ni hablar. Josdeputa JAJA JA JAn’t.

Publicado por Alberto con V

Escritor de relato radicado en Gran Canaria. Amante del mar y de las pluvias que enriquecen y dan verdor.

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